martes, junio 19, 2007

Un charco de sangre

Tengo frente a mí la segunda edición de las Últimas Noticias del 28 de mayo de 1960. El titular dice así: "Ni pista del matador". Abajo, con letras negras más pequeñas, puede leerse en el papel amarillo, a punto de ser destruido por el tiempo: "La muerte de Gay fue premeditada". La primera plana reproduce la fotografía del cadáver de Ramón Gay, el pie de foto afirma esto: "Una enfermera del hospital Rubén Leñero cierra la boca al actor Ramón Gay, instantes después de que éste falleció víctima de un balazo disparado por el ingeniero José Luis Paganoni, ex marido de Evangelina Elizondo. El proyectil le destruyó la arteria aorta. Ramón falleció a las siete de la mañana". Crecí oyendo en las reuniones familiares la historia del asesinato de Ramón Gay. Su muerte simbolizó durante años la parábola del éxito y la fama despeñados por el azar en el abismo de la tragedia.

Una tarde de whiskies, mi padre buscó en sus archivos pruebas contundentes de otro mundo apenas vivo en la memoria, y me entregó el periódico amarillo. Yo necesitaba combustible para escribir un relato no tanto sobre la muerte de Ramón Gay sino, más bien, un retrato de nuestra familia en la ciudad de México cuando los años 60 subían el telón y mis padres bajaban sin control por la pendiente de la inestabilidad financiera y la quiebra emocional que los empujaba a un divorcio que nunca ocurrió. Esa década empezó para nosotros con las huellas de la sangre de Gay sobre el asfalto. Ramón y mi padre fueron primos hermanos y amigos inseparables durante su adolescencia y su juventud, una larga amistad que interrumpieron los tiros percutidos por la pistola Whalter que Paganoni disparó la madrugada del viernes 27 de mayo en la calle de Río Rhin número 60, frente a las puertas del edificio donde vivía Gay.

De esa ciudad perdida en el tiempo sólo quedan los informes de las luces neón que iluminaban la noche: en la calle de Atenas número 9, en El Patio, la cantante norteamericana Shirley Lamarr cantaría en siete idiomas para el público mexicano; el restaurante Pepe´s ofrecía las carnes al carbón más finas de México; el cabaret Las Catacumbas, ubicado en Dolores 16, prometía dos shows, a las 9:45 y a las 12 de la noche; el centro nocturno La Fuente, de Insurgentes 890, anunciaba los últimas días en escena de Ana Berta Lepe; en la esquina de Altamirano y Sullivan, el teatro Negrete presentaba Los cuervos están de Luto de Hugo Argüelles y el Rotonda 30 segundos de amor, con Gay y Evangelina Elizondo en los papeles estelares. Unas horas antes morir, Ramón invitó a cenar a Evagelina. Acordaron encontrarse en Río Rhin para salir juntos en el mismo coche. De camino, Elizondo se detuvo en el restaurante Brown Derby donde se celebraba el cumpleaños de Rubén Cepeda Novelo, esposo de María Victoria. Más tarde, Evangelina Elizondo estacionó su Cadillac 1950 en la calle de Rhin y abordó el Dodge de Ramón Gay. A esa hora, Paganoni había ordenado el quinto trago en una mesa del Terraza Casino.

Durante mucho tiempo, el asesinato de Gay ejerció en mí una fuerza centrífuga envuelta por la tragedia y el misterio, como si detrás de la desgracia misma se ocultara un secreto. Años después del asesinato, cuando nos plantábamos horas y horas frente a la vieja televisión Admiral a ver cine mexicano, de vez en vez mi mamá le decía a mi padre: "Mira a Ramón". Guardaban silencio y entonces yo entendía que había algo que yo no debía saber. Así pasé revista a la filmografía de Gay: Lodo y armiño, Bodas de fuego, La noche es nuestra, La estrella vacía, Los hijos crecen. Ramón Gay logró entrar al mundo del cine gracias a Isabela Corona, Ernesto Alonso y su amigo Arturo de Córdova. Así consiguió un papel protagónico en la versión cinematográfica de Las aventuras de Carlos Lacroix, basada en el famoso programa de radio en el que Arturo de Córdova era la voz con que hizo su éxito la serie. Pasó mucho tiempo antes de que yo me enterara de que Ramón Gay y Arturo de Córdova mantenían en secreto un amor de pasiones turbulentas y fidelidades inquebrantables. Los secretos de amor se desmoronan al contacto del aire. Al día siguiente del crimen, el columnista Federico de León escribió en su columna de espectáculos: "Arturo de Córdova fue siempre el banco moral y técnico de Ramón Gay. Media hora después de la tragedia encontraron a Córdova en un centro nocturno de la colonia Juárez y le informaron de la tragedia".

En el restaurante Paseo, Ramón Gay cenó riñones al jerez y Evangelina Elizondo comió un sándwich y bebió un vermouth. A la una y cuarto regresaron a la calle de Rhin para recoger el Cadillac de Evangelina Elizondo. Unos minutos después, en otro lugar de la ciudad, el ingeniero petrolero José Luis Paganoni salía del Terraza Casino. Antes de bajarse del Dogde, Evangelina Elizondo vio una sombra, luego sintió el primer golpe en el rostro. Ramón Gay bajó del coche para intervenir, Paganoni y él intercambiaron algunos golpes antes de que sonaran los disparos. El primero rebotó en la banqueta, el segundo lo hirió en la muñeca y le atravesó el reloj, dos más se incrustaron en el muro del edificio de Rhin 60, el último dejó un charco de sangre en el asfalto.

Crónicas neuróticas
Rafael Pérez Gay

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